EN EL ASOMBRO


Satén. Marina Arrate / New York, EE.UU.: Editorial Pen Press, 2009

Por Elena Aguila

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La bella en su memoria

Si cada cual lee desde sus personales obsesiones, yo he leído estos poemas de Marina Arrate desde mi recurrencia en el tema de la memoria.

En la primera parte del poema Satén, una voz poética en femenino hace un recorrido descriptivo por este espacio de la memoria. La memoria que aquí se describe no es una memoria histórica. Se trata más bien de la memoria de un tiempo si se quiere prehistórico donde reina el mito y el rito.

Destellos en el bosque
Fulgores rojos son

Un fulgor rojo. Un rayo furtivo estremeciendo la arboleda. Sedoso y brillante. Satén es enervando las agujas del vasto pinar.

Así se abre este libro estableciendo un espacio—el bosque—intervenido, interrumpido por este fulgor rojo—el satén. Podemos imaginar este fondo verde atravesado por el color rojo de esta tela “carmesí de satinada sangre”… Satén, seda, terciopelo, lame… asi se nombra a esto que interviene el mundo natural representado por el bosque. Estas telas, todas sedosas y brillantes, evocan en mi mascaras de la femineidad. Una femineidad asociada a la seducción y a la sensualidad.

Ivette Malverde en su lectura de la primera publicación de este poema, lee el bosque como símbolo del inconciente. Podemos decir entonces que asistimos a la irrupción de una forma de lo femenino en el territorio del inconsciente/que es también –para mi—el espacio de la memoria mítica en el que se adentran estos poemas.

Un inconciente/una memoria así intervenidos no permanecen inalterados:
“Satén que mancilla carmín entre la hierba y sobre el musgo. Prendido carmín ardiendo en el hueco de las hiedras”.

En la segunda y tercera parte del poema Satén, se inicia un dialogo entre el yo poético y una mujer interpelada por este como “santona espesa”, la que a su vez se nombra a si misma como santona vieja, santona ciega y la vidente. Especie de sacerdotisa, pitonisa. Anticipa lo por venir. Con su referencia a “un jaguar blanco, un jaguar negro” y a la “danzadora” parece anunciarnos los dos poemas que cierran este libro: los grandes animales y la danzadora. Lo que se anticipa es la intensidad, la violencia que acompaña esta irrupción de una de las mascaras de la femineidad en el espacio del inconsciente/de la memoria…

En el segundo poema del libro entramos—como no hacerlo en este contexto– en el terreno del deseo. El poema –titulado Sed—se construye sobre la base de enumeraciones de lo deseado—de aquello de lo cual se tiene sed.

Sed de si misma y del otro. Sed también de “transformar el territorio, las playas, las rocas, los acantilados, las estepas, las llanuras, las aguas y las piedras, de decirme: yo ya no soy yo y el mi vive en mi en revuelta en revolución constante revuelta de mis huesas, revuelta pendular, giratoria, punzante, definitiva”.

De este poema quiero destacar también esta imagen: “quema y quema sus navíos mientras el mundo se deshace como una barca de agua”… este adentrarse en el inconsciente, en la memoria del mito y el rito, supone un acto de valor y de ruptura…

No debe sorprendernos, entonces, que después de la sed/el deseo este La muerte, que es el siguiente poema. Aquí Marina reescribe a Pavese y nos dice que la muerte que vendrá “tendrá tu boca”. Desplazamiento de los ojos a la boca, de la mirada al beso—que es el poema siguiente, donde se juntan precisamente beso y muerte. Beso = bello asesinato.

Llegamos, asi, al penúltimo poema: Los grandes animales.

Aquí asistimos a esa zona del inconsciente/de la memoria donde se enfrentan—y tal vez ni siquiera se enfrentan, bailan mas bien una danza ritual—Eros y tanatos.

Aquí, musita el,
Entierra tu cuchilla,
Y el costado sangra y surte.
Aquí dice ella,
Ataca y fulmina,
Y el pecho regurgita y mana
Aquí la garra entierra
Y revuelve. Aquí ven
Y deposita tu furia.
Yo no se del amor si no es por tajos
Yo no se de su ser sino rasgando…

Memoria femenina donde amor y destrucción de si misma y del otro se asocian: “ahora que se desgarran las mutuas yugulares y se realizan las convulsiones del amor”.

Después de la muerte ritual en el amor, encontramos la culminación del rito en el baile de la danzadora, el último poema de este libro.

“La danzadora recoge su habla, la parlotea, la somatiza. La danzadora… nombra su nombre…”

Después de sumergirnos en ese inconsciente/esa memoria plagada de intensas imágenes, de convulsiones del sentido, la voz poética vuelve al lenguaje, y lo inscribe en su cuerpo.

En lugar del bosque y su verde oscuridad, las aguas, la luz, los cerros… la atmosfera iluminada por un Ángel.

Fui feliz, dice.

Tiene algo de renacimiento esta danza ritual que cierra el libro.

Despues de su viaje por el inconciente/la memoria mitica y ritual, concluye la voz poética:

De todo rastro bebo
A todo sol me expongo


 

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