IMPRESIONES DE UN LECTOR
EN TORNO A UN LIBRO DE MARINA ARRATE
(Tatuaje, Santiago, 1993)

Luis Ernesto Cárcamo

En 1993, refiriéndose al volumen “Poesía” de Rosamel del Valle, el poeta Eduardo Anguita resaltaba la “horizontalidad animal” de su lenguaje, cercano a “las savias ciegas de la tierra”, como “en el origen”. A pesar de las distancias, parece sugerente iniciar la lectura de Tatuaje de Marina Arrate asumiendo dicha clave metafórica: su horizontalidad animal.

Si obtuviéramos el habitual lugar antropocéntrico desde donde ejercemos nuestros actos de lectura, nos daremos cuenta que esta poesía es, de partida, animal, bárbara: más horizontal que vertical. Huesos de ave, plumas, raspas de pescado, piel de antílope y jaguar, dientes de ciervo, serpientes, bestias sangrientas, toros, cisnes, leonas, panteras, habitan y asedian el animalizado mundo poético de Marina Arrate.

Tal vez determinados enfoques, ejercidos desde el campo de la teoría literaria feminista, instalen presurosamente sobre estos textos la noción de deseo. Sin desechar ese posible cauce de lectura, nos parece que Tatuaje –en tanto imaginario poético- se sitúa en una condición aún más salvaje y primaria del animal: la Sed.

La Sed somática, bestial, prehistórica, mueve el tú y el yo de este libro, los vincula mediante la búsqueda a momentos devorada del Otro o los separa al volverlos narcisamente sobre sus propios cuerpos. Sólo la Sed posibilita el libre juego de los instintos, ansias eróticas y thanáticas al mismo tiempo. Ellos se evidencia en las líneas siguientes: “Sed de mis labios, sed de su boca, sed de mi lengua y su aparato palpital, sed de mis poros y su golosa gustura, sed de mi gusto y de su lengua // Sed de ir y más allá morder atacar vibrar prorrumpir en la sed de mis leonas y de mis pantera sagaces…”
Esto permite resaltar aún más la animalidad liberadora que se asume en esta poesía. Mujer-animal: pantera, leona, serpiente. U Hombre-animal: toro, antílope, bestia. Condición que se desborda con intensidad en el notable poema “Los grandes animales”.

Aquí lo animal forma parte de un paisaje cifrado por la muerte, de modo que aparece, por un lado, intermitentemente vinculado a imágenes residuales, apenas en sus restos: plumas, huesos, dientes. Por otra parte, da paso a atmósferas, más que vitales, mortuorias, casi violentas, marcadas por la circulación tensa de la sangre y los cuerpos, develándose así el hálito sacrificial que cruza el imaginario de estas páginas.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribe el poeta y narrador italiano Cesare Pavese. Con el recurso de parafraseo, la hablante poética de Tatuaje le poda el tono neorromántico a dicho verso e instala una zona más erógena de la corporalidad, diciéndonos: “Vendrá la muerte y tendrá tu boca”. Se desea un cuerpo para la muerte, amorosamente seducido por la boca y no a través de la melodramática mirada del alma: contraste entre una barroca estética de la superficie y una estética romántica de la profundidad. A partir de la primera, Tatuaje explora atmósferas de sacrificio y muerte, desde una óptica marcada por la obsesa búsqueda del goce.

De ahí que algunos atributos asociados, particularmente por cierta sensibilidad romántica y modernista, a la vida (el azul, la belleza plena) o a la muerte (la oscuridad, lo abismal) en Marina Arrate se trastocan. A modo de ilustración, citamos: “La muerte, dice él, es un pozo azul / donde nadan impecables tus ojos / laminando el agua donde vivir // La muerte, dice ella, / es una lanza de oro…” O esto: “La muerte es un espejo / de hermosos senos / sobre un desierto tan hondo / y tan profundo / como azul, susurras”. O igualmente estos otros versos: “La muerte es un cisne / de largo y flexible cuello, / tan graciosa es y delicada…”.

La naturaleza bifurca su polisemia en este libro, en tanto no se reduce a su contorno animal sino que se expande en su juego barroco –como en Carpentier o Lezama- de frondosos y a la vez sutiles elementos naturales. Destellos en el bosque, fuego, aguas, maderas, llanuras, piedras, vientos, humedad, sol y otros torrentes configuran lo selvático, tropical o marítimo de esta poesía. En su naturaleza desbordada, en su exceso, se arma –en el plano de las imágenes o el modo de sensibilidad- su característico barroquismo. Más aún, en su ruptura con la realidad, dicho rasgo de profundiza: el recurso del tatuaje abre paso –ante todo- a una invención de naturaleza. Este corpus puede ser leído como poesía del trópico, la selva o la costa, en cuanto nos arrastra en medio de una geografía más imaginaria que real. Geografía de imágenes que se van tatuando en la piel del cuerpo o bordando –como el satén- en el terciopelo del vestido.

De esta forma, Marina Arrate nos interna a una atmósfera de barbarie, distanciándose de su antípoda: el orden de la “civilización”, el reino del Padre y el imperio de la Razón.

El tatuaje, como juego desbordante de imágenes, nos retrotrae a un tiempo milenario, sintomáticamente primitivo y primigenio, habitado por la presencia del grito, el acto bestial o el sacrificio pero también por la gozosa desnudes, la danza y el eros. Allí donde la mujer, santona, vidente y danzadora, ocupa el trono de la tribu. Los textos de Marina Arrate desentierran ese mundo ancestral, ya perdido en los confines de su religiosidad enigmática y utópica.

Desde dicha perspectiva se articula una cierta feminización del mundo. En sus momentos de catástrofe, la mujer adquiere la condición de una figura redentora para el reino vidente. Desplazando el Noé masculino del génesis bíblico, la poeta escribe: “…mientras el mundo se deshace como una barca de agua ahí estaba ella Noea, la primera, cantando durante toda la noche milenaria”. En ese sentido, podríamos afirmar que este libro es parte de una tentativa cultural orientada a reescribir el mundo, alterando su orden patriarcal cristiano-occidental, en suma, suplantándolo.

No obstante, en el universo poético de Marina Arrate, la mujer no parece sitiada por rígidos límites de identidad. El mundo de Tatuaje se nos presenta feminizado pero en tanto espacio de lo diverso, donde las identidades se cruzan y confunden en un misterioso devenir. Metafóricamente, la hablante lírica devela una interioridad ambivalente, circundada por un jaguar blanco y un jaguar negro. Es decir, en torno a ella pugnan lo masculino y femenino, el odio y el amor, la vida y la muerte, sin haber equivalencias entre estos planos de oposición. Es la turbulencia de una identidad sometida a las energías, a la vez vitales y mortuorias, del devenir, en cuyo contexto lo masculino y femenino se entrecruzan ambiguamente.

Desde su título, este conjunto pudiera leerse como un gran homenaje al Cuerpo. Porque la devoción por él preside la mayoría de sus textos. Cada página constituye la piel de un cuerpo, sobre el cual se va tramando su tatuaje y, a la vez, el bordado de su vestido ritual. De esta manera –simulando el rito femenino del tatuado y el tejido- se tatúan y tejen las imágenes de una interioridad turbulenta y una naturaleza no menos desbordada.

Tatuaje resulta ser, en ese sentido, un ritual de escritura, donde cobra relevancia el artificio, la orfebrería de cada texto. Por ello, no es azar el modo barroco de sensibilidad que preside este volumen. Exuberancia de imágenes, desparramo de figuras y símbolos en la superficie de la página (la piel de un cuerpo), fascinación por el devenir y el caos, estetización de la muerte, prolijidad en el uso gramatical y fónico del lenguaje.

En suma, resaltan los logros de un tatuaje poético hecho con el oficio de una poeta intensamente concentrada en el acto de escribir y erigir una elaborada y fina sensibilidad literaria, a la manera de un Lezama Lima, un Sarduy o un Perlongher, entre los más recientes de nuestro barroco latinoamericano. En este marco, Marina Arrate incorpora rigor y cultismo a las muchas veces descuidada forma de encarar la poesía en el panorama actual.

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